📖 Mira y el ratoncito lunar
Capítulo 1: Las migas de luz de luna
Mira conocia mejor el Bosque Magico despues del atardecer, cuando los hongos encendian sus lamparas y las constelaciones se inclinaban tan cerca que parecian hilos de oro. Llevaba un pequeno telescopio de madera en su bolso, no porque quisiera poseer las estrellas, sino porque le gustaba aprender sus nombres y devolver cada nombre al cielo. Una tarde siguio un sendero de bayas lunares azules mas profundo de lo que jamas habia ido. Bajo las raices de un viejo arbol oyente encontro un diminuto raton plateado que cuidaba un montoncito de migas brillantes. Sus orejas eran redondas como platillos, su pelaje resplandecia como perla y al final de su cola colgaba una linterna no mas grande que una avellana. El raton abrazaba las migas con ambas patitas y temblaba. Mira se arrodillo a una distancia amable. El dijo que se llamaba Nib y que aquellas migas eran pedazos de luz de luna desprendidos por el viento durante un eclipse. Las habia reunido toda la noche para que su linterna no se apagara. Sin esa luz no podria guiar a las criaturas somnolientas de regreso a casa. Mira vio luciernagas que parpadeaban debilmente entre los helechos y barquitos de bellota perdidos junto a la orilla. Nib tenia luz suficiente para si mismo, pero no para todos. Mira saco de su bolso el ultimo pastelito tibio de avena de la cena, lo partio en dos y dejo una mitad junto a las migas. Nib miro el pastel compartido y luego miro a Mira. Sus bigotes dejaron de temblar. El arbol oyente susurro como si acabara de oir la primera idea valiente de la noche.

Capítulo 2: Una linterna compartida
Nib toco el pastelito de avena como si fuera una nueva clase de luna. Luego levanto una miga de luz y la puso dentro de la pequena linterna de su cola. El brillo se volvio mas calido, aunque solo un poco. Mira tuvo una idea. Pulio el borde de laton de su telescopio hasta que brillo como un espejito y lo sostuvo junto a la linterna. La luz salto al musgo, luego a las luciernagas debiles y despues al rio plateado donde esperaban los barquitos de bellota. Nib chillito sorprendido. La linterna no se habia vuelto mas grande; simplemente se habia vuelto compartida. Juntos caminaron de helecho en helecho, dejando que cada luciernaga tomara prestada una chispa hasta que sus alas brillaran. Guiaron a los capitanes de los barquitos de bellota de vuelta a la corriente colocando el telescopio sobre una piedra plana para reflejar un camino dorado en el agua. Nib se preocupaba cada vez que una miga salia de su monton, pero cada criatura que recibia luz devolvia algo util: una luciernaga trajo una lente de rocio, un capitan regalo una vela de hoja rizada y un viejo caracol ofrecio una concha pulida capaz de guardar resplandor lunar como una taza. Pronto el pequeno circulo bajo el arbol oyente estaba mas brillante que antes, aunque Nib habia dado mucho. Mira sonrio porque entendio lo que Nib empezaba a aprender. Compartir no siempre hace desaparecer un tesoro. A veces le ensena a viajar, y cada lugar que visita devuelve otro tipo de brillo.

Capítulo 3: El banquete de bayas lunares
A medianoche el bosque se reunio alrededor del arbol oyente. Las luciernagas colgaban de las ramas como pequenas linternas. Los barquitos de bellota descansaban seguros en la orilla. Conejos, buhos, caracoles, escarabajos y timidos duendes de raiz llegaron con lo que podian traer: bayas lunares, hojas limpias, copas de semillas y velitas hechas de polen dorado. Nib miro su monton de migas de luz de luna. Era mas pequeno ahora, y por un momento sus orejas cayeron. Mira no le dijo que debia sentir. Solo se sento a su lado y partio la otra mitad de su pastelito en muchos pedazos pequenos. Nib vio que todos tomaban solo lo que necesitaban y dejaban algo para alguien mas. Entonces subio a una piedra cubierta de musgo, alzo la cola-linterna y vertio las ultimas migas dentro de la concha pulida. La concha brillo con tanta fuerza que las bayas lunares empezaron a resplandecer por dentro. Todos suspiraron maravillados. El banquete se convirtio en un circulo de luz compartida, y cada criatura llevo una baya a casa para ponerla en una ventana, nido, madriguera o barquito. La linterna de Nib debia haberse apagado, pero no lo hizo. Brillaba mas suave y mas firme que nunca, alimentada por todas las luces que regresaban por los senderos del bosque. Mira miro por su telescopio y vio que las constelaciones titilaban con el mismo dibujo que las linternas de abajo. Nib apoyo su patita en la palma de Mira. Habia protegido las migas porque temia perder la noche. Ahora sabia que la noche se vuelve mas bondadosa cuando su luz pertenece a todos.
